Belleza y santidad: la relación entre sublimidad y bien moral en la mente de Plinio Corrêa de Oliveira

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(Jueves, 10-01-2013, Gaudium Press)

Ciertas mentalidades, inclusive al interior de la Iglesia (influidas tal vez por una mal comprendida y excluyente ‘opción preferencial por los pobres’), tienen una antipatía anticipada hacia todo lo que hable de belleza, de elegancia, de elevación, de categoría, de requinte, de buen gusto.

Consideramos que esa actitud prejuiciosa es harto perjudicial para la consecución de la alta virtud moral, de la santidad. Veamos el porqué.

Narraba Plinio Corrêa de Oliveira [1] cómo era que él siendo niño encontraba alivio metafísico de los varios dolores e inconvenientes que toda visita al dentista comporta. Un día, en el consultorio del norteamericano Dr. Crook, ya percibiendo a la amenazante broca acercarse a su boca, miró por la ventana y vio “el muro del patio interno del consultorio, en el cual había un fresco muy popular representando Venecia, de la cual yo tenía una vaga idea”. La contemplación del paisaje veneciano lo dejó encantado, con sus calles de cristal líquido, sus iglesias y palacios reflejados en el mar.

Desde ese momento, en las visitas al dentista no solo encontraba su alegría en contemplar el fresco, sino que igualmente ‘jugaba’ a embellecer aún más en su imaginación la mítica ciudad sobre las aguas. “A partir de ese día yo tuve ‘soliloquios’ con Venecia. ¡El Dr. Crook podía remover en mi boca como quisiese que yo no reclamaba!”.

Por esa misma época el joven Plinio, que tendría alrededor de 7 años, asistió a sesiones de gimnasia sueca para fortalecer su cuerpo, atendiendo las ansias de su muy bondadosa madre. Esas citas que no le apetecían fueron no obstante la ocasión para un reencuentro con su amada ciudad, pues sobre una mesa de las dependencias de ‘Madame Leo’, la profesora, había un pisapapeles que tenía debajo una fotografía de Venecia.

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Puente Rialto, Venecia – Foto: Dena Flows

Al contemplar la escena de la fotografía “la idea de la belleza estaba presente, pero de modo secundario: se trataba de un estado de espíritu y una elevación moral. Los edificios que se reflejaban en la laguna indicaban un estilo de vida llevado por personajes que poseían los sentimientos y el modo de ser que me agradaban. Ellos serían de trato aplacible y atrayente, serios, graves, elevadísimos, afectuosos y dignos”. Vemos en este relato el ‘salto natural’ que un espíritu inocente da de la belleza estética a la belleza moral o virtud. En realidad ambas están estrechísimamente relacionadas, pues las dos son manifestaciones del ser. Lo verdaderamente bello es igualmente bueno, y lo verdaderamente bueno es también bello. Y a medida que más bueno, más bello; y mientras más verdaderamente bello, más verdaderamente bueno.

Toda sublimidad está relacionada. Si decimos que San Ignacio en sus predicaciones y en su vida era sublime, también afirmamos que su hidalguía y sus dotes naturales de caballero eran sublimes también y enmarcaban, realzaban y favorecían perfectamente su santidad. Asimismo la figura santa de San Ignacio hacía un puente a la sublimidad presente en la iglesia del Gesú en Roma, la bella iglesia madre de los jesuitas; hay una correlación entre ellas.El propio Dr. Plinio Corrêa de Oliveira tornaba explícitas las anteriores relaciones, cuando afirmaba que la contemplación de Venecia y el imaginar la Venecia arquetípica “significaba para mí un paso rumbo a la santificación. No en el sentido de que aquellas casas y aquella agua me llevasen directamente a la santidad, sino que ellas me preparaban para querer y admirar todo cuanto es sublime y, con esto, desear la sublimidad de alma. De tal manera que, insensiblemente, yo iba conformando mi alma con aquel ideal y notaba que él me modelaba. Así nació en mi alma el deseo de santidad”. He aquí una definición estética de santidad para no olvidar: la santidad es la sublimidad del alma, la belleza del alma; o también, santidad es el habitar del alma en la sublimidad. Recordemos que sublime es el auge de lo bello.

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Chambord – Foto: David Arnaud

Todo lo elevado tiende hacia la elevación máxima del espíritu, que es la virtud en grado heroico. Un elevado castillo como el de Chambord, aún siendo construido por alguien que no fue modelo de virtud como Francisco I, en sus aspectos sublimes favorece la sublimidad del espíritu, pues sus arcos, torres, escalinatas, ventanales y muros ‘hablan’ a la persona de un patrón humano supremo que atrae y al cuál todos estamos convocados.

Finalmente, la unión de la belleza, la santidad, y la luz supremas se da en Dios, de quien procede y hacia dónde se dirige toda perfección. Toda belleza así como toda virtud, no son sino participaciones del Ser Divino.

Entretanto, tenemos que decir que en la actualidad la belleza puede tener un dinamismo muy especial, pues habla directamente a la sensibilidad humana, y justamente hoy el hombre es muy ‘sensible’ y un poco menos ‘racional’. “Aquello que visto, agrada” decía Santo Tomás de la belleza. Entonces, antipatizar ‘per se ‘ con la belleza es en el fondo poner un absurdo obstáculo a una excelente vía de santificación.

Por el contrario, lo que hay que hacer es favorecer y sembrar la belleza por doquier, para que la luz de la belleza ayude a expulsar la suprema fealdad del pecado.

Por Saúl Castiblanco

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1 Corrêa de Oliveira. Plinio. Notas Autobiográficas. Tomo I. Editora Retornarei. São Paulo. pp. 543-548

Contenido publicado en es.gaudiumpress.org

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